Un latido que florece en comunidad

Cimarrón un espejo para los grilletes de hoy

Establo Tuyo, 20 de mayo de 2025

El 20 de mayo no es una fecha cualquiera. Es el día en que, hace 123 años, ondeó por primera vez la bandera cubana como símbolo de un pueblo que se soñaba libre. No fue casualidad, entonces, que ese mismo día Establo Tuyo abriera las puertas a Cimarrón, un performance basado en El último cimarrón -el testimonio de Esteban Montejo, hombre que vivió la esclavitud, la fuga y la promesa incumplida de la libertad.

El jardín principal de Establo Tuyo, Orishá Oco, recibió a los asistentes con su vegetación viva: lavanda, té limón, albahaca, frijol cubano. Los asientos estaban sembrados entre las plantas, de modo que el público mismo quedó entretejido con el escenario. No había separación entre obra y naturaleza, entre espectador y espacio. Desde el primer momento, todos éramos parte de lo mismo.

La obra sigue a Esteban a través de tres grandes decepciones históricas, la colonia, en el contexto de esclavitud en que vivió el personaje principal. La independencia de Cuba, que llegó cargada de esperanza y se convirtió en desigualdad, pobreza y discriminación sostenida contra la población afrodescendiente. Y por último, la revolución, que prometió igualdad y justicia para todos, y que también, a su manera, defraudó. Y al centro de todo eso, el personaje, un hombre que participó en cada uno de esos procesos y que, aun así, nunca dejó de preguntarse qué significa ser libre.

Cimarrón es una obra escénica unipersonal creada e interpretada por Leo Correa, donde el cuerpo es el único instrumento. Combinando el arte de acción -la presencia física, la provocación, el gesto- con el formato teatral en solitario, Correa explora múltiples facetas del cimarronaje: la rebeldía ante la esclavitud en todas sus formas. Inspirada en el testimonio del último hombre que se conocía como esclavizado vivo en Cuba, la obra no narra una historia del pasado sino que convoca una pregunta urgente del presente: ¿de qué esclavitudes aún no nos hemos liberado?

Lo que hizo el actor esa noche fue extraordinario. Con el cuerpo -breves monólogos, gestos, silencios, movimiento- logró transmitir décadas de historia, capas de sentimiento y la densidad de una vida que no cabe fácilmente en palabras. El público se mantuvo en atención constante, sostenido por esa capacidad de conexión que pocas veces se da.

Terminada la función, la velada no terminó: se abrió un espacio de reflexión que resultó ser, quizás, la parte más poderosa de la noche. Las voces presentes comenzaron a preguntarse cuáles son los grilletes de hoy. La esclavitud explícita ya no existe como existía hace dos o tres siglos -pero eso no significa que no haya esclavos. Los grilletes, concluyeron, se han mudado: ahora viven en la mente. Son creencias, miedos, estructuras internas que nos inmovilizan tanto como cualquier cadena. Y de esos grilletes también hay que liberarse.

La noche cerró con una convivencia donde lo personal y lo cultural se mezclaron naturalmente: historias compartidas, temas que siguieron rodando entre las personas, bebidas de por medio. Una de esas noches que uno no planea pero que se quedan.

Por: Emma Barreto


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